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Sociales/Perfiles

1/14/2008

ARTURO MAIZ

“Siempre fui muy exigente conmigo mismo…”

En esta oportunidad el destinatario del perfil, es un bolivarense por adopción y jubilado ferroviario, quien mucho tiene para contarles de su trayectoria profesional que comenzó allá por el 48´y finalizó en el 86´

“Me llamo Arturo Acacio Maíz, el segundo nombre lo vengo heredando de mi abuelo, por aquellas costumbres de poner a sus hijos primogénitos el mismo nombre. Nací en 25 de Mayo un 7 de octubre de 1930. Mi familia original estaba compuesta por Arturo Maíz, mi padre y Petrona Etchechury, mi madre, los hijos, María Ana, Blanca Angélica, Armando José y yo.
Como mi padre era ferroviario (nacido en 1901, en Bolívar), yo fui el único que nació en 25 de Mayo. Mi educación primaria la comencé a hacer en la Escuela Nº 2 de Empalme Lobos en el año `37. Como la mayoría de sus habitantes eran ferroviarios, reencontré a muchos de mis compañeros de primaria ya grandes en el ferrocarril.

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Arturo Maíz, un símbolo de los ferroviarios bolivarenses

Tuve una buena infancia. Recuerdo el primer día de clases, porque había venido a mi casa una tía, hermana de mi papá, estaba en la cocina con mi madre y me habían puesto el delantal y estaban tentadas de risa viéndome vestido para mi primer día de clases, lo que me dio una bronca bárbara porque nunca entendí de que se reían tanto.
Mi infancia fue buena, normal como era entonces, mi padre ganaba bien en su trabajo de ferroviario, maquinista de los ingleses, como se sabe los ingresos económicos son fundamentales en la felicidad de un hogar. Con ellos se podía vivir decorosamente, bien.
Mi secundaria la comienzo en 25 de Mayo en el Colegio Nacional que no termino, quedo en su tercer año. Fue una adolescencia para el estudio incompleta, pero jugaba al fútbol, había comenzado a ir a los clubes, aunque por entonces había horario para permanecer en ellos, hasta las 16 horas, sino llamaban a la policía.
Un día viendo a un señor, jubilado de la docencia, que tenía por apodo, “Mil una”, porque jugando a la carambola había hecho aquella cantidad y tiró el taco. Para mi viendo a esos jugadores era “mágico” lo que hacían sobre el billar. Con los años descubrí que no era tan así, pero es otra historia. Él me comenzó a enseñar los primeros fundamentos del juego. Recuerdo que en sus primeras enseñanzas me hacía tirar una carambola con las bolas apoyadas sobre unas obleas y con aquellas marcas me hacía repetir el tiro hasta que me salía.
En casi dos años, de nada, llego a jugar en primera división. Aquellos que me daban ventajas en mis inicios, hasta dejaron de jugar conmigo, por la voluntad y el empeño que puse en aprender y lo que logré.
Cuando cumplo 18 años entro al ferrocarril, ya hacía dos años que se habían ido los ingleses, se había nacionalizado la empresa. Yo creo que fue un error aquella medida, porque fue política totalmente. El nivel de trabajo y las formas cayeron en forma muy clara y era triste.
Cuando estaban los ingleses había un sistema de “premios y castigos” que justamente, premiaba a los mejores y castigaba a los menos voluntariosos. Por ejemplo, había un sueldo bastante bueno y cada tres meses, una bonificación muy jugosa, si no se había cometido ninguna irregularidad. Mi padre me contaba que tenía compañeros que nunca podían cobrar aquella bonificación.
Al personal lo educaban de la siguiente forma: se debía llegar a las 11 a Bolívar, por ejemplo, no se podía llegar adelantado ni atrasado, llegaba instantáneamente una planilla donde se debían dar las razones que justificaran el adelanto / atraso que se había producido, hasta de cinco minutos. Y esa falta quedaba en el legajo. Y las máquinas eran relojitos como funcionaban y eran aún las de vapor.
Un caso puntual, que me contó mi padre cuando yo era pibe, fue sobre un maquinista de apellido Miranda que trabajaba con pasajeros (que eran maquinistas de primera clase, porque había entonces cinco categorías de maquinistas con sueldos acordes a estas) y hubo un error de interpretación del foguista o del propio maquinista, el caso es que cuando llegaron a Estación Carboni, tenían el telegrama de la empresa que cuando llegaran a 25 de Mayo dejaba de ser maquinista de pasajeros automáticamente. Salió en todos los diarios.
Mi padre si bien era maquinista pero era muy hábil con las herramientas y las piezas de la máquina y durante 20 años dio clases “ad honorem” en las escuelas del ferrocarril y se lo reconocieron cuando se jubiló. También le ofrecieron en dos oportunidades el puesto de inspector y el “viejo” no lo quiso. No trabajó un minuto por fuera de la edad de jubilación.
Yo agarré la escuela de los ingleses, ya en su última versión, habiendo cuatro categorías como foguista así es que hay que imaginar lo que significaba llegar a ser maquinista.
Cuando fui a dar los exámenes, en los momentos de descanso iba al taller a limpiar piezas (galpón de máquinas) y así las fui conociendo y entendiendo sobre el significado de cada una de ellas y su funcionamiento.
Aún en aquellos años no había tantas rutas como hoy, por lo que el grueso de la gente utilizaba al tren como medio de transporte y más aún como cargas desde y hacia la Capital Federal.
Nadie puede negar, pese a las críticas a los ingleses que lo instalaron, que de la mano del ferrocarril creció nuestro país. Demográficamente, transportes de mercaderías, ganado, cereales. Se unían con un hilo invisible a diferentes localidades del país. Contaba mi padre que en el Ferrocarril Sud (luego Gral. Roca), estaba la orden que todos los días a las 7 de la mañana, se ponían en hora a todos los relojes en todas las estaciones y los de los empleados. Hasta a ellos les daban los ingleses los relojes. No podía haber argumentos de ese tipo para justificar errores. También mi padre decía que quizás era cierto lo que se llevaban del país, pero nadie puede decir que lo que hicieron e instalaron estaba mal hecho.
Muy lentamente, después de la nacionalización, el ferrocarril comenzó a perder calidad en sus servicios, pero se apreciaba.
En Tolosa, en Remedios de Escalada, en Empalme Lobos, había escuelas técnicas para ferroviarios, cuyos instructores se rotaban en el trabajo. Los Ferrocarriles Argentinos crearon el Departamento de Formación, que organizaban la capacitación. Ellos hacían que se viajara a distintos punto del país con buenos viáticos para enseñar y aplicar lo aprendido.
El 1º de enero del año `52, me dieron la clase de foguista de cuarta categoría y me mandaron a Neuquén capital y, casualmente, conozco a quién estaba como jefe de estación allí, el “Negro” Santos Vega, de Bolívar, allí nos hicimos muy amigos.
Así nos conocíamos los ferroviarios.
Allí comencé a estudiar y nunca aflojé. En cada examen realmente sabía mucho. Por entonces además que me gustaba mucho lo que hacía era muy exigente conmigo mismo, podía venir con un tren de madrugada pero a las 8 estaba firme en la escuela estudiando de nuevo, me había comprometido en una competencia conmigo mismo y no quería que me superaran de ninguna forma.
Yo me planteaba que si mi “viejo” había llegado… ¿Cómo yo no lo podía hacer?
Fue en ese año `52 que comenzaron a llegar las primeras locomotoras diesel y las ubicaban en los recorridos más importantes.
A los más grandes los mandaban a estudiar a esas nuevas máquinas.
En el `45 yo estaba en Darwin en la Pcia. de Río Negro. Tenía hecha una cierta fama que sabía más de lo que realmente era.
Justamente allí fue que un instructor me aconsejó que no estudiara tanto de las máquinas de vapor porque lo que se venía era el diesel… y tenía razón.
Realmente, yo prefería capacitarme y dar clases que el trabajo propiamente dicho, me sentía más a gusto de esa forma.
Después vuelvo a 25 de Mayo en el `61 y después me trasladan a La Pampa para ya trabajar con diesel.

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Recuerdo que en determinado momento “levantan” un recorrido de General Acha a Toay, 80 kms., y a los cinco meses, más o menos, deciden habilitar nuevamente el tramo, pero como ya entonces no había locomotoras confiables en el Roca, lo harían con locomotoras del Ferrocarril Sarmiento, Ferrocarril Oeste que siempre fue el Nº 1 y el Roca el Nº 2.
No dispusieron locomotoras diesel con 5.000 kms. de rodaje, nuevas, a circular por ese tramo, recuerdo que en el primer tren llegamos nos esperaban en Gral. Acha las fuerzas vivas, las bandas de música, todas las escuelas de la zona, fue una barbaridad.
Estuve en aquella zona hasta el año `67. Después quedé como instructor de aquellas máquinas.
En general, supongo que tuve una buena relación con mis compañeros. Yo había estado en las distintas escuelas y me conocían de entonces, yo era de aconsejar bien a los pibes de entonces.
Había gente de todos lados en aquellos cursos y me conocían de allí.
Me sabían invitar a ir a las comunas de ellos, porque generalmente era bien recibido y os conocía a casi todos ellos.
A la hora de jubilarme lo hice sin más trámites, igual que mi “viejo”, y no estoy arrepentido para nada.
En el año `63, formo mi actual familia, me caso con Odelsia Noemí Lobosco, también de 25 de Mayo, y tuvimos a Javier Eduardo y a Alejandra Viviana.
Yo tuve 37 años de ferrocarril, pasé 15 años fuera de mi casa, lo que sucede es que esa etapa la hice de soltero porque me casé medio “veterano”, a los 33 años. Allí se aprende a cocinar y a mantenerme solo.
Me jubilo el 17 de marzo de 1986, hace 21 años. Al igual que mi padre tomé esa decisión, también, por no presionar sobre mi hijo que siguió mis pasos en el ferrocarril. La misma filosofía.
Para mi fue un gusto el haber sido empleado del ferrocarril. Cuando hice el Servicio Militar, era asistente del capitán que era jefe del Escuadrón del 13 de Caballería, en Toay, La Pampa. Era bastante bien aceptado entre los oficiales y este capitán me ofrece “engancharme” como subteniente de reserva a lo que me negué porque estaba en una carrera muy importante, que era para mi, el ser ferroviario.
Fue un trabajo bien pago, mi jerarquía, tenía la seguridad de vivir con mi familia, fui ordenado, equilibrado a la hora de cobrar mis remuneraciones, tuve compañeros que en horas se “secaban” el sueldo. Desde que me fui de mi casa paterna, jamás le pedí 5 centavos a mi padre. Tuve mucho amor propio.
En lo personal nunca me gustó “quedarme”, siempre tuve ambiciones y sueños de mejorar en lo que sea en mi trabajo o en mis gustos.

Una nueva pasión

En la actualidad con mi gusto de ser coleccionista de gráfica y musical del tango he ido superándome permanentemente, con distintos objetivos, es mi forma de ser.
Le grabo música a los amigos, voy a los encuentros de coleccionistas de la Provincia, cuando puedo.
Tengo mucho material que, en caso de perder, sería muy difícil de recuperar. Por ejemplo las primeras grabaciones de tango en la Argentina.
Por el trabajo en Bolívar ya me conocían porque venía como foguista. Pasé el 24 de diciembre del `51 en Bolívar, por primera vez.
Esta ciudad me recibió muy bien y, con los años, me inserté bárbaro con mi familia. También en Bolívar logré mi último ascenso en la empresa al cargo de Inspector.
La familia ferroviaria me incorporó enseguida, la familia Burgos, Manolo Riutort, que, teniendo su casa, venían a comer a la comuna con nosotros por una cuestión de amistad, simplemente.
Se cocinaba muy bien en aquellas comunas y muy lindos platos.
Mi carrera terminaba en “maquinista” y yo terminé más arriba como inspector. El examen para este último cargo lo hice bárbaro y fue el comentario por lo completo en que lo hice.

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